lunes, 26 de febrero de 2007

Perdiendo la razon en su cintura

Sus ojos eran como agujeros negros, y escaseaban las fuerzas de voluntad que después de mirarlos directamente lograban articular palabra. Famosa en toda la región por sus bailes y sensualidad. La tela justa para ocultar mostrando, para que cualquiera en su sano juicio deseara danzar en sus caderas de tintineantes adornos.

Sus finas gasas, casi transparentes, pero nunca desvelando, compradas a mercaderes que venían de la india en tortuosas caravanas, valían una fortuna, pero siempre algún alma caritativa se los donaba a cambio de un beso, un guiño de ojos y la promesa no pronunciada.

Era consciente de su poder, y con el obtenía lo que necesitaba, dando lo justo, insinuando, pero sin que nadie lograra el gran tesoro, atrayéndolos a la taberna, donde serpentearía por entre las mesas, la cerveza correría generosa y el vino embriagaría a las almas que incautas caían en sus dominios.

Sherezade, la dulce y enérgica camarera, aceptaba algún cachete, alguna mano ligera, pero si alguno intentaba propasarse, mas le valía que la guardia llegara pronto, para defender al inconsciente, que a buen seguro tendría restos de una jarra y la bandeja sobre la cabeza.

Su fama no paso desapercibida ni para el oscuro cardenal, señor a la vez de la ciudad, un ogro de brusco carácter, pero inteligente y taimado, lo suficientemente cauto para esconder su ira tras una cortina de afabilidad.
Aun así se habían extendido rumores, nunca se volvió a ver a nadie que lo agraviara. Extrañas desapariciones, tanto de personas como de riquezas, ambas cosas que no tienen tendencia a la evaporación, y su propia fortuna, habían generado una leyenda negra a su alrededor.
En una ocasión, un niño creyó reconocer el anillo de su padre, pero fue convenientemente aconsejado, que el dolor por su perdida le confundía y hacia aconsejable alejarse de los recuerdos. Aunque nunca le vieron salir de la ciudad era evidente para todos que reposaría tranquilamente en otro lugar.

Tan solo una persona había contrariado su voluntad en más de una ocasión, la bella camarera, quien podía acceder a dejarse ver bailar, pero increíblemente siempre se escabullía entre el cerco que sus guardias trataban de organizar alrededor de su danza.

Suficientes escollos para personajes menos resueltos, pero su señoría no estaba dispuesto a cejar en su empeño, y cual chiquillo malcriado que siempre había obtenido sus caprichos, recurrió a las oscuras artes que dominaba.
Haciendo honor a entes sin nombre y usando sustancias y pócimas prohibidas por cualquier clase de moral, logró secuestrar la voluntad de tan bella e indómita criatura, transformándola lentamente, hasta que tras abandonar sin motivos ni explicaciones su vida y empleo, se encontró desguarnecida de sus ataques, y a punto de claudicar y doblar la rodilla ante la puerta de un corazón podrido.

Pero entonces sobrevino el destino de cada alma humana, y en un respiro entre las brumas de la pesadilla, justo cuando ya se encontraba en la alcoba del cardenal, esperando sumisa a que su señoría terminara de acicalarse, sintió regresar por un instante su mente de tierras dolorosas, y furiosa con la vida que la había traicionado, decidió corresponderla, abandonándola al lanzarse por la ventana.

Temeroso de las reacciones que una joven tan popular muerta bajo su ventana podría causar, y para evitar perder las riendas, el cardenal ordeno a la guardia de la ciudad esconder el cuerpo, enterrarlo en la indignidad del anonimato, sin ningún tipo de honor fúnebre, y borrar todo rastro de su existencia. Tan solo sería una desaparición más, y con eso tenía experiencia en lidiar.

La ciudad entera sin excepción lloro su desaparición, pese al extraño comportamiento de sus últimos días, era una persona querida por todo el mundo. Y en especial siendo el acertado sentir popular el de llorar a una muerta, no a una desaparecida.

Sobre todo, el más afectado fue el capitán de la guardia, quien en secreto había planeado junto a Sherezade la fuga de las garras que la perseguían, para buscar refugio en sus corazones. Tan ocultas estaban sus intenciones que nadie había sospechado pero sus encuentros se habían multiplicado en los últimos tiempos, y la incipiente chispa del afecto se convirtió en un incendio voraz, dispuesto a consumirlo todo, más aun ahora que el agua que podía sofocarlo había desaparecido.

Rota el alma de Philippe, el también desapareció y durante tres noches veló entre lagrimas un pequeño montón de arena en un monte próximo. El conocía lo que debajo se guardaba, el dorado motivo que le pudo traer la felicidad y que ahora le encadenaba a la amargura.
En la soledad chilló y arañó las rocas hasta sangrar por sus dedos, hasta que la tristeza le vencía y durante cortos periodos cedía a la fatiga. En uno de estos en la tercera noche, ya desfallecido al cansancio y al hambre, una vez terminadas sus escasas provisiones, y a punto de tener que elegir entre abandonar o morir allí, soñó verla, y que le depositaba un beso en sus labios secos. Recordaba como los de ella parecían fríos y pálidos, y que le susurro que no temiera, que todo se solucionaría.

A la mañana siguiente, el joven decidió que no podría seguir ocultando a su razón los criminales excesos del déspota señor, y que huiría embarcando a la mar y buscando su suerte, quizás la muertes en tierras lejanas.
Una vez en la siguiente ciudad busco posada donde reponer fuerzas para su periplo a los infiernos, para tratar de rescatar aunque fuera el recuerdo de un amor de lo más hondo de su corazón.

Al ir a dormir, tres golpes sonaron contra su puerta.
Al abrir, el aliento quiso huir de su pecho, sus latidos pararon por un instante y su razón creyó enloquecer y caer por los abismos del sinsentido.

Delante suyo, pálida como la luna y con unos labios rojos como la sangre se encontraba ella, Sherezade.
Mas bella y melancólica que nuca, vestida con sus mejores paños árabes, y sus tintineantes abalorios, pero ni los de sus vertiginosas caderas sonaban, ni los velos de su pecho se movían por respiración alguna.
Sus manos, y su mentón mostraban sangre, como si hubiera comido carne aún viva.

Los ojos suplicantes, pedían comprensión y amor, su voz le insto a invitarla a pasar. Él debía franquearla el paso por su propia voluntad, como así le hizo saber ella.

Había roto las cadenas que la ligaban a la tierra, y cobrado venganza sobre el oscuro ser que significara su perdición y ahora le ofrecía una eternidad de noches donde disfrutar del amor que se profesaban.

Tembloroso, la tendió la mano, la permitió pasar y se fundieron en un beso, aceptando la maldición de la noche y la bendición del amor.
Cerrando la puerta al resto del mundo.



3 comentarios:

La cónica dijo...

Pensar que, después de esto, mi comentario aparecerá como un mordisco en el cuello, me pone los pelos de punta...

Vaya dieta les espera a estos dos. Tendrán que hacer la compra en el banco de sangre. Por cierto, ¿ya donaste?

El amor eterno, impuesto por un beso desesperado, menudo compromiso. Se ríen Philippe y Scherezade del matrimonio canónico. No hay ni muerte que los separe.

Nathalie dijo...

Jo, ya se que te debo un coment, pero es uqe ultimamente estas tan prolífico que no doy a basto contigo!! a ver si me pongo a conciencia...

besitos

Kaos Baggins dijo...

jejejeje la cónica, eso es justo en lo que pensaba al poner los comentarios como "mordiscos en el cuello"

habria que ver la seccion del supermercado con bolsas de sangre jejejeje

lo de la donacion ire el dia 15 que ya tengo que pasar por el hospital y asi aprovecho el viaje

Nathalie, tranquila, si yo tampoco doy a basto para terminarlos jejejeje