martes, 3 de abril de 2007

Las puertas del infierno

Mientras observo el cofre que reposa sobre la mesilla de noche, exhalo el humo del cigarrillo sobre su superficie, y observo como la lisa plata tiembla y da forma a la cerradura, hasta ahora oculta en el mundo de los sueños.
Con la llave que llevo colgada al cuello abro el cofre frío como el invierno por fuera, pero acolchado de cálido terciopelo púrpura por dentro.

La misma llave dorada sirve para abrir la cerradura de mi pecho, de donde extraigo mi corazón, palpitando acelerado por los augurios de aventura y riesgo, depositándolo cuidadosamente sobre el mullido terciopelo.

Tras cerrar el cofre, vuelve a sellarse sin dejar rastro alguno de apertura o bisagras, cual bloque macizo de gélida plata, sin ninguna clase de adorno. El único vestigio de su contenido son los latidos que aun siento a través del metal, emocionados, clamando vendetta por los ultrajes recibidos y que han alterado su ritmo parsimonioso durante siglos.

Escondo el cofre en un lugar secreto hasta para la bella mujer que me da cobijo en su casa, nunca podría encontrarlo, y aunque lo hiciera, ni sabría abrirlo ni tendría intención, pues su voluntad es mía ahora. Durante una semana llevo alimentándome a pequeños sorbos de su sangre, como ahora mismo me dispongo a hacer.

Introduzco una pequeña cerbatana de oro, terminada en una finísima aguja hueca, en su cuello, justo en la arteria principal, sorbiendo la cantidad justa de sangre para dominar su esencia y obtener fuerzas, pero sin llegar a debilitarla.
El sistema es mucho mas seguro, al no dejar incomodas marcas, que solo se precisan para marcar el terreno de caza, y permite dosificar de forma precisa la extracción.

Una vez dispuesto salgo a la noche, cruzando la niebla para salir de la ciudad en busca de la ayuda que necesito si quiero llevar a cabo mis planes de venganza.
Los pasos rítmicos despiertan los recuerdos, y la dulce Evelyn asalta mi memoria, viendo de nuevo en mi cabeza como me abandono por un advenedizo joven, al igual que antes hizo con mi hermano por mí.

La entregué la eternidad, la hice participe de milenarios secretos, y la introduje en los círculos oscuros, para que ahora ella me lo pague acostándose con ese engreído, que con apenas poco mas de dos siglos ya cree tener el mundo en su mano, tan solo por haber ascendido en la jerarquía y estar de moda en la ciudad. Ah, cuan efímeras son las modas, ya lo aprenderían algún día, pero no estoy dispuesto a esperar, y reclamo lo que se debe en justicia, aunque esta sea maldita, pues la divina me esta vedada.

Sorteando los vientos me remonto por las alturas aleteando para posarme en un tejado de familiares sensaciones. El silencio encubre mi entrada hasta llegar a la puerta de una pequeña capilla, que observo con repugnancia, y cuya entrada aparece forrada por espejos delatores.
Delante de uno de ellos, la sorpresa logra vencerme como no recordaba, cuando observo mi figura reflejada.
Pero solo es un efecto, enseguida me percato que la figura que veo se encuentra en realidad a mi espalda. Perfectamente podría atacarle antes que tuviera tiempo de pestañear, pero el enorme parecido me revela que acabo de encontrar a quien buscaba. El descendiente de mi hermano, aquel a quien hace un milenio robé el corazón de la hermosa Evelyn.

Al girarme nuestras miradas se cruzan desafiantes, no existen muchos mortales capaces de resistir la mirada de un no-muerto, pero esta claro que la rebeldía se encuentra en su sangre.

- Sucio demonio, ¿qué has venido a buscar? ¿no te basta con el legado de maldición que dejaste en esta casa?
- Por favor, veo que tienes la misma tendencia al melodrama que mi difunto hermano. Para empezar, suelta esa obsoleta espada, inútil sin un corazón que atravesar. Si he venido es para ofrecerte la oportunidad de restituir ese honor que tanto lamentáis.

Logro su atención, como sabia que sucedería, y le explico la situación, como la historia se repite encarnándose de nuevo en la traición. A fin de cuentas, su estirpe tiene la misma sed de venganza, o quizás más pues han tenido generaciones para alimentarla.

No todos los días un estudioso del vampirismo recibe el ofrecimiento de conocer la ubicación de la mítica ciudad de los vampiros, un lugar onírico, no ubicado en ningún mapa puesto que no existe en el mismo plano.
Yo seré su llave al reducto de la oscuridad, allí donde la leyenda se refugia del progreso, y el será mi llave a la destrucción de mi enemigo, un trato justo.

Establecidos los términos, pasamos a los preparativos, para los que libero mis sirvientes, aquellos que alimentaron mi ansia de sangre, y que vuelven a tomar cuerpo del soplo de mi aliento, permitiéndome descansar y almacenar fuerzas, mientras ellos le suministran el equipo necesario.

Henry, llamado como mi hermano, en deshonor de la memoria del legado familiar, puede reconocer algunos de los rostros, seguramente de los retratos que adornan las galerías de la casa, sin poder disimular el asco y la repugnancia que le provocan mis criaturas.

Una vez listos, y absorbidos mis sirvientes, salvo el que ejercerá de guía y protector en mis horas de sueño, iniciamos el viaje por olvidados senderos, imposibles de recordar, pues la magia los borra una vez recorridos, no solo de la memoria, sino de la propia existencia.

La urgencia se adueña de nuestro peregrinaje, pues solo le estará permitida la entrada al mortal durante la noche del solsticio de verano, cuando las antiguas artes arcanas tengan permiso para caminar por la tierra que ya las trata como a cuentos, pero también se desprotege.

Tras el agotador camino, por fin alcanzamos, justo a tiempo, un pantano desolado e inundado por la niebla, donde debemos continuar a pie, caminando yo delante, indicándole los pasos adecuados, tras asegurarle que una ligera desviación le provocaría un fatal desenlace.

Cuando empiezo a notar que se acelera su respiración, seguramente a punto de abandonar la misión, y pensando ingenuamente en traicionar la espalda de su guía y única esperanza, se empiezan a divisar las torres de la ciudad.

Ante nosotros se alza un espectáculo grotesco, edificios capaces de rivalizar con las inmortales capitales del mundo, que harían palidecer a Roma o Paris, pero envueltos en negrura, cubiertos de alquitrán y maleza, telarañas cruzando sus avenidas, y con el viento como único habitante.
Pues esta noche, todos los seres de la tumba que es esta urbe se hallan en el mundo mortal, festejando su eternidad.

Pero los siglos aportan prudencia y antes de aventurarse en terrenos enemigos, al igual que yo mismo hice, guardan sus corazones bajo la seguridad de la ciudad, cobijados en el interior de sus propios ataúdes. Sin guardia alguna, pero seguros de que ningún mortal puede encontrarla, a menos que este guiado por un ser sobrenatural, como precisamente es el caso.

Encontrar y destruir todos los corazones allí resguardados costaría más tiempo del que disponemos, por lo que selecciones opciones más rápidas y directas, enfocadas al propio corazón de la ciudad y amontonamos toda la madera que podemos localizar en la plaza central. Una gigantesca pira funeraria, donde calcinar las pesadillas que asolan las historias oscuras.

Finalizada la estructura, justo al tiempo de encender la tea que inicie la destrucción, y notando ya el calor del fuego en la manos, vemos aparecer una hermosa figura que atraviesa la red de telarañas. No me hace falta ver con claridad su rostro para reconocer a Evelyn. Ni tampoco a Henry, quien ya esta visiblemente turbado por su presencia, debe ser una característica familiar la debilidad ante este mujer.

Su larga melena azabache cae lacia sobre los hombros, y su vestido de múltiples capas de gasa hace que parezca levitar y contrasta con su extrema palidez y el candoroso ardor de sus ojos.

Según se va acercando, mi acompañante la tiende servilmente la antorcha, y sin duda la habría apagado dando al traste con mis planes de no haberme interpuesto entre ellos, con las fuerzas que el rencor me daba para resistir su influjo.

Su cara adopta una pose desvalida, como cuando la conocí, en contraste con sus ojos ardientes de pasión y sus manos que se extienden dispuestas a acariciar.
Pero esa sonrisa angelical, esa promesa de una cama de rosas, ya la conozco, y la ultima vez que sucumbí a ella se abrieron las puertas del infierno, y esas manos me empujaron a caer cuando acariciaba las nubes del cielo.

La pasión puede ser el motor de la vida, pero también las cadenas que aprisionan la voluntad, y por esta vez al menos, tengo a mi alcance las armas adecuadas.
Incapaz de pronunciar palabra, subyugado por su belleza, arrebato la antorcha, que chisporrotea con mi primera lágrima en tantos siglos, y corriendo la arrojo sobre la pira, que arde con velocidad sorprendente.

Las llamas se extienden ansiosas danzando por los aires, prendiendo los edificios mas cercanos, mientras el grito de la mujer que ame, desgarra mis oídos.
Puedo ver como ella libera una autentica legión de criados, la multitud de almas de sus victimas, intentado estas parar las llamas aun a costa de sus propios cuerpos, pero es imposible detener la marea con un remo y las lenguas de fuego empiezan a devorar los edificios malditos, explotando en mil direcciones, colores y alaridos cada vez que alcanzan uno de los tenebrosos corazones que en ellas se esconden.

La urgencia de la situación apremia y recojo al aturdido Henry, para huir de allí, cuando ella vuelve a presentarse ante mi, suplicando implorando ayuda y clemencia, aquella que en su día me negó, cuando olvido su amor, cegada por la conveniencia de aquel que se erigía en el mas poderoso y prometedor angel del averno.
El atractivo del poder ganó aquella infausta noche a los sentimientos, y esta noche son la ira y la venganza las triunfadoras ante el recuerdo del amor.

El dolor de apartarla mientras empieza a consumirse termina de romper las últimas añoranzas de mi alma condenada, y apenas tengo fuerzas para ver como empieza ser pasto de las llamas, que en algún lugar han logrado alcanzar su corazón.
Tan solo desearía observar como sucumbe entre dolores y preguntándose el motivo de tan cruel final, aquel que me la arrebato, seduciéndola con artes indignas y deslumbrantes brillos, en lugar de soportar a mi lado la última agonía de aquella que ahora comprende las consecuencias de sus decisiones y lo efímero del tesoro que escogió.

Temblorosos ambos logramos retornar al pantano justo cuando la ciudad misma empieza a chillar, pues no se trata de un simple enclave geográfico sino de un ser sintiente y maligno, impregnado de la esencia de quienes la habitaron.
Sus lamentos, y crujidos de maderas preceden al colapso, cuando edificios calles y la propia niebla empiezan a retorcerse y concentrarse, como si cayeran por un sumidero.
La irrealidad del lugar se desmorona, en un torbellino, haciendo temblar a la tierra que lo sostiene.

En los últimos momentos un cuerpo semicalcinado logra arrastrarse al linde de la ciudad arrojando fuera un colgante y su cadena, que reconozco al instante pese al hollín que lo recubre, pues es el que la regale en nuestros tiempos felices.
Tras este ultimo gesto, el torbellino se encoje, comprimiendo los lamentos llegados de todas partes. Las muertes de aquellos cuyos corazones se encontraban allí resguardados. Y finalmente con un estallido ensordecedor la propia ciudad estalla en un fogonazo, que hiere mis ojos y me lanza al húmedo suelo.

Los peligros del pantano han desaparecido, ahora no es mas que una extensa zona húmeda en mitad de la nada, pero el amanecer corre para intentar sorprenderme, por lo que trato de recuperar mi visión los antes posible. Al principio solo logro distinguir una tímida bruma por la rendija que logro abrir de mis ojos, pero basta para confirmar que la figura de Henry se alza ante mi.

Apartando la idea solicitarle ayuda froto mis ojos, tratando de recuperar su sensibilidad, sé muy bien que preferiría dejarme allí tirado, e incluso darme el golpe de gracia. Su hermano siempre considero que había deshonrado la familia, y transmitió esa maldición durante generaciones, con el único objetivo de destruirme, cuando la autentica maldición siempre fue renunciar a sus vidas por mis pecados, exclusivamente míos.

Y ahora por fin, uno de sus descendientes tenia la oportunidad de cerrar el legado, de acabar con la leyenda. Al despejar mi vista allí estaba él, de pies con una estaca en la mano, apuntando al lugar donde debiera estar mi corazón.

Seguramente habría sido mas fácil explicarle la situación, aunque dudo que me creyera. Tantos años de leyendas de viejas, no le permitirían creer que la autentica maldición del vampiro, el motivo de nuestra sed insaciable de sangre, radicaba en que nuestro corazón ya no formaba parte de nuestra anatomía, había cambiado de fase, desplazado a otra dimensión de la existencia, pero aun ocupando su lugar.

A nuestra especie le hicieron falta siglos para comprender que la sangre era capaz de dar el salto entre ambos reinos, el real y el maldito donde estaban nuestros corazones, pero se perdía mucho del rojo elixir en el proceso, de ahí nuestra palidez y nuestra ansia, necesitábamos la sangre de otros para sobrevivir, y el mundo no es mas que una enorme selva donde subsiste el mas fuerte.

Apartar nuestra debilidad de los riesgos, y crear la ciudad que nos refugiaba dentro del plano onírico nos permitió perdurar durante tanto tiempo, pero no era la primera vez, ni seria la ultima, que una traición revelaba su existencia y acababa con nuestro hogar. Al fin y al cabo, tendíamos a ceder con mayor facilidad a nuestros instintos y pasiones animales.

Pero ahora yo soy el ultimo, al menos que conozca, y Henry tiene la oportunidad de acabar con nuestra especie. Le miro a los ojos, desafiante, aunque por dentro desee que realmente tuviera opciones de acabar con la historia.
Pobre iluso, sus mismos ojos revelan la turbación causada por mi bella Evelyn, como aún muerta ha logrado cobrarse un nuevo corazón, al igual que se hizo con el mío aquella fría noche de Londres.

También pasan por su cabeza los cuadros de mi hermano que adornan su hogar, y ve el increíble parecido de aquel que tiene postrado ante si, así como el hecho de que mi ayuda le ha permitido acabar con ese nido demoníaco.

Sin llegar a saber muy bien por que, deja bajar la estaca, sin soltar el hilo que une nuestras miradas. Me incorporo, y libramos una extraña danza, girando mutuamente, en un desafío sin solución.

El ha decidido postergar su inútil ataque hasta otro encuentro, en pago a mis servicios, y en recuerdo a nuestro parentesco. Yo le perdono la vida, en prestación a su colaboración en mi venganza, y por que no decirlo, como compasión por haberle hecho perder su alma ante la visión de Evelyn.

Silenciosamente nos despedimos, sabiendo que la próxima vez que nos encontremos solo podrá quedar uno.



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Sirva como homenaje a Paul Féval y su libro "la ciudad vampiro", una de las historias mas delirantes que he tenido ocasion de leer.


Sonidos que pueden acompañar la lectura (al menos lo hicieron con la escritura): BonJovi, en especial el "you give love a bad name" o el "dance of death" de Iron Maiden






1 comentario:

La cónica dijo...

Qué engañada estaba...tomando ya clases de cómo matar vampiros con palillos de madera, descubro hoy que no llevan el corazón puesto.

Y que lo tienen en una guarida que no está en el plano real ni en el complejo. Está en un plano onírico. Ni en sueños lo encontraría. Si hay un vampiro con cerbatana o sin ella cerca, estoy perdida...

Las cajas de plata, el terciopelo, la cerbatana de oro, qué atrezzo...

Los efectos de la pira, Evelyn condenando al que la mira, espeluznantes.

Gracias, Henry, por no acabar con el último. Sospecho que aún se leerá mucho de vampiros por aquí.

Besos.