martes, 8 de abril de 2008

Leyendas de un peregrino (I): 5 calaveras

Paseando por los angostos callejones de León, entre la plaza del húmedo y la Mayor, tendremos ocasión de sortear trazos de historia encarnados en vetustas fachadas.
Una de ellas, angulosa como si quisiera detener al curioso, es el último resto de un convento, presa de las llamas hace tanto.

En su alfeizar podremos encontrar cualquier noche vasos de limonada, de la cual mejor abstenerse de pedirla los abstemios, pues su nombre lleva a engaños, e incluso peores restos de las juergas a sus pies.
Pero hace ya cerca de tres siglos, siempre amanecía un pañuelo de la más fina seda anudado a sus oxidados barrotes.

Varios fueron los actores implicados en el drama, pero será mejor resumirlo y así no aburrir a nadie.
La hermosa joven que dormía en aquella habitación pertenecía a una familia de renombre, ella fuera tan solo la hijastra del señor conde, y por tanto la consideraran de forma despectiva como una advenediza.

Su ingreso en el convento no fue sino el fruto de la ira del conde, quien prefería que nadie disfrutara lo que la bella Paloma negaba a sus incestuosos ímpetus.
Comprada la madre con el oro de las arcas, y el obispo deslumbrado por su ensortijada melena, nada salvaría a la joven de una vida de recogimiento, salvo por el pequeño detalle del secreto pasadizo que unía subterráneamente la morada de su ilustrísima y el convento en cuestión.

Una triste historia como tantas otras que ocurrirían en tiempos, y sazonada por las lagrimas de su joven enamorado, humilde sirviente de la mas baja clase, pero tenaz, y que se propuso no abandonarla a su suerte.

Aquella ventana fue testigo de tantas veladas de promesas imposibles y sueños que desplegaban las alas, para estrellarse en las rejas, mientras las lagrimas competían con los besos para arañar las piedras del muro.

Hasta que dos noches antes de su ordenación, ambos ilustres personajes resquebrajaron los pocos espejismos que aún conservaba la joven pareja, en una noche tormentosa, cuyos truenos ahogaron los gritos que de allí salieron.

Pero quedaba una sorpresa, pues el siguiente amanecer iluminó 5 cráneos pulidos bajo la ventana, y nadie volvió a ver a ninguno de los tristes protagonistas.

Paloma, su enamorado, el conde, el obispo, y la madre desaparecieron sin más rastro que las blancas calaveras, una celda vacía y un pañuelo rojo de seda anudado al segundo barrote por la izquierda.
Evidentemente se ordeno retirar los macabros restos, pero el día siguiente alguien repuso un pañuelo en la misma ubicación, como sucedió el resto de días de la semana, como se repitió durante todo el año, y otros 30 después.

Cumplido el trigésimo aniversario, el alguacil, acostumbrado a la rutina de retirar el susodicho pañuelo se llevo una sorpresa mortal al no verlo en el lugar habitual.
Lo cual, después de tanto tiempo casi era más sorprendente aún, y qué decir del incendio que al ocaso destruyo todo el convento, respetando aquella pared, como si dos almas la sostuvieran, una a cada lado eternamente.

Desde entonces el pañuelo ha reaparecido en ocasiones dispares, sin que nadie lograra discernir un patrón, ni descubrir al bromista.
Todos los gamberros del lugar han jurado no tener nada que ver, pero muchas parejas incipientes tiemblan al pasar junto a la ventana, esperando mejor suerte, y nadie se ha atrevido a derruir el pedazo de muro, integrado hoy en otro edificio.



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Esta historia, aunque la haya “adornado” con mis desvaríos, forma parte del inicio de mi camino a Santiago.
Ani se la inventó para contármela, y yo me he inventado el resto, pero para mi es real, por que forma parte de agradable recuerdo.

4 comentarios:

La cónica dijo...

Muy buena historia. Me gustaron los adornos. Qué bueno desvariar. Qué bueno recordar lo bueno y volver, a veces al inicio del camino.

Besos.

Kaos Baggins dijo...

al inicio del camino volvere, y lo hare entero otra vez

La cónica dijo...

te llevará al mismo sitio?

Kaos Baggins dijo...

nunca dos senderos llevan al mismo lugar, ni aunque sean el mismo

ni recorriendolo 1000 veces lleva al mismo lugar

es mas, fisicamente acabará en distinto lugar

empezará en el mismo lugar, espero visitar las mismas casas y volver a ver caras conocidas, otras será imposible, incluso pasaré por muchos pueblos comunes, santiago incluido, pero no, no llevará al mismo sitio, ni por ubicación ni por pensamientos

es curioso, pero has acertado con la segunda leyenda, por que va de algo así...