viernes, 4 de mayo de 2018

Cadenas con memoria

Edelmiro subía cada mañana del huerto zurrón a cuestas con ganas de almorzar y jugar la partida al calor de los carajillos.

En el pueblo tenía fama de raro por qué prefería dormir en la caseta de labores y empezar a trabajar con el primer rayo de sol, entre eso y el bar de la plaza podría haber vendido la casa y quedarse solo el buzón.

Siempre parecía estar a punto de irse, como si llevara todas las pertenencias encima, y no se le conocía familia pese a llevar en el pueblo media vida.
Y sin embargo cada 15 días recibía una carta de la capital, siempre sin remite y cada vez con letra distinta en la dirección.

Esa mañana se le veía aún más nervioso de lo acostumbrado y jamás hablaba con nadie hasta leerla.

Preso sin barrotes, atado a un nombre que no era suyo, esperando noticias que lo liberarán.

Tras la guerra se refugió en la serranía, oculto de su primo que desde el bando contrario lo perseguía. Un amigo se las arreglaba para que alguien le enviara las noticias, y si permanecía en peligro.

La mañana en que le llegó al fin la esperada misiva de la muerte de su captor, la casualidad quiso que su espíritu volara libre al fin.


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